El chaval no lo tiene fácil. No se crean que resulta cómodo, en este mundo de diseñadores con máster y curso puente hacia la nada, cruzar como pastor la cruel adolescencia. Pero él, que seguro lleva acumulados más conocimientos que nadie sobre el medio que lo rodea, lo tiene claro. No hay quien se lo quite de la cabeza. La familia de Rubén, con su padre, Enrique Remis, al frente, será una de las primeras en etiquetar gamonéu del puerto según los criterios del Consejo Regulador de la Denominación de Origen de este queso.
Junto a Cándido Asprón, el otro pastor con el que comparten la majada, utilizarán las queserías piloto que ha construido la Administración en Belbín. También se ha mejorado una cabaña. Y tiene baño. ¿Cuándo se vio? Y tiene una estructura de madera para «mecer» bajo techo. El siglo XX y el XXI llegaron juntos, y con retraso, a Belbín. Y eso que es una de las más accesibles. Pero llegaron. Ahora la duda es saber si estos dos siglos tan modernos llegaron a tiempo.
En el exterior de otra cabaña, Cándido Asprón está afeitándose. Se mira en un espejo que, a la vez, refleja la majada que abandonará en octubre. Entonces ya tendrá lista la producción de queso de Gamonéu que ahora está ahumando en su cabaña. Después lo bajará a la cueva para curar.
También él hará historia y etiquetará uno de los primeros quesos del puerto con denominación de origen. Tiene alguno listo ya. Lo saca y ofrece. Allí, a la vista de la caliza de los Picos de Europa, sorprende hasta qué punto la corteza de ese queso tiene sus mismas tonalidades: sol, caliza, pasto, pastor, oveja, cabra, vaca, leche, cuajada, cabaña, cueva y queso. Y vuelta a empezar.